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Ciencia, tecnología e innovación: Conceptos que me aburren profundamente

Mi ámbito de trabajo está estrechamente ligado al título de este espacio. Por eso es importante aclarar que si digo que me aburro de estos conceptos no es porque los odie, sino porque toda la vida he desconfiado de las tendencias y me niego a creer a pie junto lo que me dicen sin al menos cuestionármelo antes. Es bueno preguntarse de vez en cuando de dónde vienen las ideas que uno tiene, lo más probable es que alguien más astuto las haya implantado ahí sin que nos diéramos cuenta y pensemos que todo nuestro sistema de creencias es ahora obra y gracia de nuestro aventajado cerebro. Comienzo este espacio desde la más profunda ignorancia, pero con algo de instinto para detectar dónde recae la farsa.

Somos capaces de creer cosas que sabemos falsas y cuando finalmente se nos prueba que nos equivocamos, retorcemos impúdicamente los hechos para demostrar que teníamos razón. Intelectualmente es posible continuar este proceso por tiempo indefinido: el único control es que antes o después, una creencia falsa choca con la sólida realidad, a menudo en el campo de batalla. Esta idea me parece precisa para el punto que deseo tratar y aclaro que aunque la comparto plenamente no es mía, la escribió George Orwell en 1946.

¿Por qué creamos cosas que no necesitamos?

José Ortega y Gasset asevera que el acto de ver es una acción a distancia y cada una de las disciplinas humanas maneja un aparato proyector que aleja las cosas y las transfigura. En su pantalla mágica las contemplamos desterradas, inquilinas de un astro inabordable y absolutamente lejanas. A causa de esa desrealización se produce en nosotros un titubeo fatal: no sabemos si vivir las cosas o contemplarlas.

Creo que la modernidad nos ha sido empaquetada y entregada lista para usar sin que podamos elegir su destino, con conceptos un poco vacíos y en integraciones verbales convenientes para los gobiernos y las maquinarias que nos controlan. No es conspiranoia, ¿o es que acaso ustedes han podido elegir siempre todo o se los han dado digerido desde que tienen uso de razón?

Pero no saquemos conclusiones apresuradas, el hombre –como buen artista-, construye grandes edificios para alojar en ellos su autobiografía y es ahí donde me gustaría llegar.

¿De dónde nos sale ese instinto futurista?

 La respuesta a esto puede ser la influencia negativa del pasado y el pobre futuro que nos espera a causa de nuestros propios actos, finalmente, el miedo nos empuja a intencionar nuestra trascendencia como sea. Cuesta entender que las innovaciones provienen casi siempre de la negación del pasado, la revelación contra las costumbres y lo tradicional. O sea, lo que no soportamos de nosotros mismos. Obviamente es súper flojo decir que el gobierno o invisibles poderes fácticos están detrás de todo esto. Lo que si creo, es que hay una cuota de aquello en lo que acabo de mencionar, pero existe una voz interior que me resuena mucho más e intento encontrar: la capacidad de elegir y de tomar decisiones tan propia de la condición humana, esa misma fuerza vital que llevó a migrar a las primeras tribus y a cruzarinmensos campos de hielo a pie para encontrar un mejor destino. Hay una voluntad inherente al hombre de crear progreso y mejorar, pero ocurrió algo en el camino que desvió el rumbo alterando conceptos de bienestar, colaboración e incluso supervivencia. Dudo que logre resolver eso en esta humilde reflexión, pero al menos planteo la pregunta.

En unas cuantas décadas llenamos de dispositivos nuestras vidas y justificamos la creación de aparatos modernos a causa de los desastres que nosotros mismos provocábamos. Por eso, después de dos guerras mundiales, un sinfín de guerras civiles en países “pobres”, crisis migratorias y especies en extinción vino la tecnología a salvarnos, a darnos seguridad, a sentirnos más civilizados, del primer mundo. Pero la tecnología sigue siendo un bosquejo pobre, un simple andamiaje con el que queremos explicar la realidad, porque aún no sabemos realmente qué queremos. Nuestra raza ha estado en los últimos cien años colapsando luego de haber alcanzado un interesante peak de conocimiento. Se nos abrió un universo nuevo lleno de herramientas asombrosas, pero sin el manual para usarlas y como siempre sucede, al alcanzar una forma su máxima expresión, comienza su transformación a lo contrario.

La neurosis que genera estar constantemente equivocados.

Me gusta reconocer que tenemos un lugar tan pequeñito en el mundo y somos tan insignificantes, que nuestro planeta debiera llamarse Irrelevancia, en vez de Tierra. No obstante a este hecho comprobado por la ciencia (nuestra irrelevancia) muchos congéneres en todo el mundo se empeñan en creer que somos la gran cosa, como especie. Es ahí donde me empieza el cosquilleo abdominal, entre vergüenza ajena y risa. Creo que el principal problema aquí es que no somos eternos y las cosas para que sean buenas, sólidas y duraderas toman mucho tiempo en cocinarse. Por eso la humanidad tiende a la inmediatez y a la solución rápida cortoplacista, mientras que la naturaleza es capaz de extender en tres mil años o más el ciclo vital  de un árbol.

Con el reducido tiempo que tenemos, inventamos conceptos, avances, tecnologías e innovaciones, impregnando todo burdamente con una pátina de ciencia que en realidad se desmiente a sí misma al poco andar.

Las personas tienden a aferrarse al espejismo que construyen como realidad. En una época lejana, la máxima inspiración del hombre fue el miedo, el cual venía de realidades ineludibles, de lo que estaba ahí latente mucho antes de la aparición de la humanidad. La metáfora surge desde ese tabú, como una de las herramientas más potentes que el hombre posee, porque lo ayuda en forma sutil y elegante a evitar realidades, superando así ese miedo atávico que proviene del origen, donde la mayor amenaza es la culminación del ciclo natural de todo ser vivo: la muerte. Esa metáfora que es la tecnología, nos ayuda a contar nuestra historia mediante un lenguaje adornado por figuras retóricas nuevas, pero finalmente tan accesorias como un sombrero.

¿Por qué todos queremos ser perfectos/as?

Con la irrupción de la eficiencia en todo, es cada vez más condenado el error, la falla, el glitch. Sumado a eso, se asoma tímidamente ese “asco” a lo humano tan propio de lo tecnológico, los procesadores son más eficientes, nosotros usamos solo el diez porciento –o menos- de nuestra capacidad cerebral. Si somos gente común y corriente, esa que llena las redes sociales con fotos familiares y de su vida privada, veremos que cada vez hay más afán de mostrarse exitosos, pudientes, felices, jóvenes, saludables, etc. Es un poco lo mismo pero visto de otra forma, siempre el desgastante e inútil intento de ocultar lo que somos.

Nos gusta pensar que existe inteligencia en las cosas, pero de ello proviene un equívoco evidente: los objetos no debieran pensar, menos sentir y a pesar de esto es hacia allá donde estamos acercándonos. ¿Por qué? Al intentar encontrar sentido en una de estas inteligencias se revelan ante nosotros como la tecnología aún precaria que son, no obstante cuando se comunican y no estamos pendientes de sus imperfecciones parecieran exudar una fuerza vital que proviene de quien sabe dónde. Sea como sea, cada vez es más difícil relegarlas al espacio de simples “cosas parlantes.”

Yo diría que estamos inmersos en una relación bastante cínica, ya que la inteligencia artificial, una de las maravillas de la más reciente tecnología aspira desesperadamente a la vitalidad, a parecer humana. La naturaleza es accesoria, crearemos vida parecida a nosotros, le daremos inteligencia y huiremos de los sentimientos y las interacciones reales –humanas-. Seremos perfectos para que nadie nos juzgue, eliminaremos las emociones reales y nos sentaremos a contemplar lo felices que somos, disociados de nosotros mismos.

¿Es acaso la pureza que tanto ansiamos el fin de nuestra especie?

Se dice que Debussy deshumanizó la música, porque la eximió de cargas emocionales alteradas. Al quitarle esta “obligación de sentir intensamente” tan propia del melodrama, traslada al espectador a un terreno de indolencia y contemplación estética, donde todo es apacible, donde nada ni nadie nos puede tocar. Es algo así como rozar tímidamente la inmortalidad mientras dura cada movimiento.  Y es muy natural considerar que este compositor alcanzó la perfección con su obra, pero si eso nos parece así es porque nuestro código interno está manifestando una tendencia al desvío de nuestras funciones vitales lógicas, donde esperamos que el tiempo se detenga para suspendernos en la perfección que hemos creado.

La luz amarilla, esa hora en que el sol muere en invierno, entre las cinco y las seis de la tarde en estas frías latitudes, es sin duda la de mayor belleza. En ese breve espacio de tiempo, el moribundo astro da lo mejor de todo su espectro lumínico, descomponiendo haces en agujas doradas que bañan las copas de los árboles y nos devuelve a esa neutralidad de la materia nueva, donde podemos ejercer la más pura contemplación. Pero el ojo que observa está condenado a jamás verse a si mismo.

Por Romy Valenta Ribera
Jefa de carrera Diseño de Videojuegos UST Valdivia
Fundadora Urban Lab Games SpA
Guionista y escritora