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¿Cómo avanzar cuando los sistemas no funcionan?

En La guerra de las galaxias, el Halcón Milenario despega de Tatooine huyendo de la amenaza del imperio. La tripulación compuesta por Luke Skywalker y Han Solo se juegan la vida mientras esquivan una flota de naves enemigas. Una ráfaga de rayos láser comienza a debilitar aceleradamente el campo de fuerza que protege al Halcón hasta alcanzar un punto crítico. La única salida para nuestros amigos es evitar la infinita línea recta que se presenta como vía de escape. La salvación para ellos está en esa fracción de segundos que deciden descontinuar el camino que se supone como el más lógico y saltar a la incertidumbre del hiperespacio.

 

En esta columna no pretendo entregar claves para descifrar ningún enigma ni dar pautas que ustedes mismos no hayan pensado más de alguna vez. Simplemente quiero generar el ejercicio de asumir que solemos dejarnos estar, aún sabiendo que tenemos que cambiar el rumbo de las cosas si de verdad esperamos generar cambios importantes. Es comprensible que nos de miedo o pereza, sobre todo porque para hacer esto debemos pasar por encima de limitaciones personales, poderes establecidos o normas que han sido impuestas por personas que necesitan mantener el status quo, pero todo eso no importa, de verdad que no. Al menos es importante intentar torcer el rumbo de la embarcación para surcar nuevas aguas.

 

Dicho esto, sugiero que la lectura aquí esté al menos inspirada por todo aquello que siempre han querido hacer, pero no les ha resultado por distintos motivos. Tal vez alguna luz de incentivo llegue a sus cabezas y retomen aquello que han dejado de lado. O tal vez terminen enojados con esa persona que acusan como culpable de su desgracia, aunque esa persona, por lo general, sea usted mismo/a.

 

El miedo, la principal barrera

 

Intentar caminos alternativos es algo que todos hemos pensado en algún momento, no es ninguna novedad. Por ejemplo, cuando estamos en la fila del supermercado y vemos que la cajera de al lado parece avanzar más rápido que la de nuestra caja y pensamos seriamente si nos cambiamos o no. Mientras decidimos, otra gente que ronda con carritos llenos se da cuenta de lo mismo y simplemente observa. Todos están detenidos, escrutan los rincones, evalúan, pero más que pensar, dudan. Y en ese viaje astral que sólo dura unos segundos, pero que se hace eterno, viene otra persona que no teníamos en la mira y nos arrebata el espacio que –según nuestros cálculos precarios- sería la salvación. Esa maniobra que marcaría la diferencia entre encontrarnos en medio de la hora más crítica del taco a la salida del súper o llegar temprano a esa cita por zoom que postergamos hasta última hora. Un sinfín de probabilidades que nos martirizarán durante el resto del día. Todo esto porque el miedo generó nuestra falta de decisión y paralizó los músculos de nuestros brazos que empujan el carrito lleno de comida procesada, inflada de inflación. Comprenderán que no quise utilizar otro ejemplo de miedo porque me da pena que se depriman si hablo de la crisis mundial, la ola de violencia, las plagas que nos azotan o nuestra muerte inminente, como simples humanos que somos. Esas cosas también suelen frenarnos.

 

Pero no nos pongamos tristes, según Einstein, la velocidad de la luz era el último límite para las velocidades del universo. Hoy sabemos que eso es cuestionable.

 

La normativa social

 

Y qué hay de aquello que queremos hacer pero que “está mal” frente a los ojos del resto, o simplemente no es correcto según la norma? Para aclarar, no estoy sugiriendo ninguna práctica delictual en este punto, sino que me refiero a aquellas cosas que son condenadas más que nada por imposiciones sociales. Es muy cansador ver cómo la gente gasta más tiempo en querer agradar a los demás que buscando la propia satisfacción. La envidia y la falta de autenticidad se han comido con zapatos al ser humano.

 

Cuando Hugh Everett, un físico estudioso de los universos paralelos, planteó su teoría de “muchos mundos” recibió burlas e indiferencia. Un colega de él, Bryce DeWitt replicó inmediatamente que aquello era falso porque él no podía sentir si llegase a desdoblarse”. Esto mismo ocurrió con Galileo cuando no podía demostrar a los incrédulos que la Tierra se movía. Si yo no lo veo o a mí no me pasa esa cosa de la que hablan, no existe. Tiempo después Bryce DeWitt se pasó al bando de Everett, siendo uno de sus principales defensores. Claramente esto ocurrió cuando vio la oportunidad de subirse al carro ganador, en el momento que su colega comenzaba a ganar más y más adeptos.

 

Las instituciones, la miel y el garrote

 

Siempre me ha dado pudor cuando se enaltece una figura humana por sobre otras, cuando veo que a alguien le dan un premio por cualquier cosa (aún pudiendo ser merecedor) o incluso cuando me felicitan por haber hecho bien mi trabajo. Entiendo que el reconocimiento entre pares es sano, pero cuando abrimos ciertas puertas y erigimos liderazgos, no siempre le apuntamos. A veces le estamos dando el poder a monstruos e inflando egos que deberían estar quietos. En Valdivia por ejemplo, hay salas y espacios que llevan el nombre de personas que no lo merecen, como hay cargos y proyectos de mucha importancia en manos de quienes no saben cómo llevarlos. También he visto mucho que se entregan más reconocimientos por favor y simpatías que distinciones honestas y lo más triste, que gente realmente buena en lo que hace muere o se retira en el más completo olvido. Esta misma lógica hace que ciertos proyectos e iniciativas no vean la luz simplemente porque molestan o no benefician a algunos que están a cargo de tomar decisiones.

 

 

Aún así, en nuestros días existen personas que piensan que las instituciones funcionan por la razón que las mismas instituciones dicen que funcionan. ¿Necesito explicar esto? Fundaciones, oficinas públicas, sistemas educacionales, de salud, sindicatos…. Haremos un sistema abusivo que reprima a la gente y la haga sentir vulnerable para que nosotros mismos, después de explotarlos y hacerles asumir que son un número y necesitan de nuestra protección, pongamos el orden que tanto añoran y les devolvamos la tranquilidad para que vivan sus inofensivas vidas. Y si se portan bien, mantienen la boca cerrada y hacen lo que les decimos les daremos un premio, un cargo, le pondremos el nombre a una sala. No olvidemos cómo opera la política y el control que ejercen quienes están en el poder, en cualquier posición de poder. Pero como son un sistema tan arraigado hay que intentar de que funcionen sin tanta impunidad, desmantelando esas imágenes de líderes y santitos que les gusta vender. Muchas veces estos tipos de organización son los que ponen freno a lo que intentamos hacer, a veces ni siquiera de mala fe, sino por simple burocracia y porque estas prácticas están tan incrustadas que afloran en forma espontánea antes de cualquier conducto regular. Pero bueno, esto sin duda tampoco debería frenarnos.

 

El legítimo derecho al riesgo

 

Casandra tenía el poder de ver el futuro pero nadie le creía. Este don le había sido conferido por Apolo, quien se enamoró de ella y al no ser correspondido, trastocó dicho poder como algo que si bien era cierto, nadie le creería jamás. Así, Casandra pudo advertir al pueblo de Troya sobre el engaño del caballo o la muerte de Agamenón, pero nadie la escuchó y la tildaron de loca.

 

Pero nosotros, simples mortales ¿podemos ver el futuro? Avanzadas pruebas llevadas a cabo por el Centro Rhine sugieren que algunas personas tienen la facultad de ver el futuro, adivinando cartas antes de ser develadas, pero luego se ha concluido que estas capacidades suelen desaparecer cuando se intentan reproducir los resultados. Además, nos cuesta pensar en estas cosas porque se estaría violando la ley de causa y efecto tan instalada en nuestra concepción del mundo. Según las leyes newtonianas no existe lugar para la precognición, pero si podríamos calcular las probabilidades, tal vez con un computador súper eficiente que nos diga qué sucederá en el futuro. Mientras no dispongamos de una versión doméstica o de bolsillo de tal tecnología, será mejor que ensayemos nuestra técnica de saltar al vacío.

 

Todo en el mundo moderno está hecho para anular nuestra capacidad de decisión. Se nos hace creer que estamos eligiendo, pero en un espacio donde las opciones han sido elegidas antes por otros. La posición de cazador recolector y no tener certezas en la vida siempre me ha acomodado, aunque al final del día no logre todo lo que me propuse, lo importante es explorar rutas nuevas y cometer errores, muchos pero muchos errores. Lo fácil no se me ha dado en forma natural y ahí radican las herramientas que poseo. Pero aún independiente de que nos haya tocado fácil o difícil, debemos revisar desde dónde provienen las limitaciones que nos impiden buscar nuevas salidas que nos permitan saltar al hiperespacio. No olvidemos que las opciones que se nos plantean como únicas han sido prediseñadas y no tienen por qué ser la única opción.

 

Siempre es mejor probar suerte.

 

El premio Nobel Richard Feynman escribió “la mecánica cuántica describe la naturaleza como algo absurdo desde el punto de vista del sentido común. Por eso espero que ustedes puedan aceptar la naturaleza tal como ella es: absurda”. Entonces, no perdamos tanto tiempo buscándole siempre la lógica a las cosas. Vivimos en un mundo absurdo y eso lejos de ser una limitación es un manantial de alternativas para todo lo que podamos imaginar.

 

La primera ley de la termodinámica dice que la cantidad total de materia y energía no puede ser creada ni destruida. La segunda ley afirma que la cantidad total de entropía (desorden) siempre aumenta, o sea que le calor siempre fluye desde el lugar más caliente hacia el más frío. La tercera ley afirma que nunca se puede alcanzar el cero absoluto. Leyendo un libro de física me encontré con un ejemplo que equiparaba la termodinámica a un juego y me gustó mucho la analogía de estas tres leyes como reglas de un tablero: “No se puede obtener algo por nada” (primera ley). “Ni siquiera se puede mantener” (segunda ley). “Ni siquiera se puede salir del juego” (tercera ley).

 

La invitación es a no quedarse sentados esperando que las cosas pasen sino hacer que las cosas pasen, no culpemos al resto, asumamos la responsabilidad en nuestros propios actos y tratemos de entretenernos lo más posible en el camino sin salir del juego hasta que dejemos este plano y volvamos a ser polvillo estelar. Que no sea la falta de actitud la causa de que las cosas que anhelamos no pasen.

 

Si te gustó esta columna, te recomiendo leer “Física de lo imposible” del físico teórico Michio Kaku.