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La aceptación de la violencia

Por su título esta columna podría ser una apología a la tendencia global de auto maltratarse y agredir a otros sin asco, o bien un delirio apocalíptico de fin de año, pero creo que tengo mucha competencia en esos dos flancos con todo el contenido que inunda de titulares las redes sociales. Titulares –dicho sea de paso- que según el MIT es lo único que lee el 70% de las personas, sin enterarse siquiera del resto de la noticia. Este dato escalofriante ha sido el combustible que activó el incendio desatado del oportunismo y la manipulación mediática, con resultados catastróficos para la política a nivel mundial, situación de la que Chile –lamentablemente- no se escapa.

Desde que el ser humano puso su primer pie en la tierra, la violencia física ha sido un gesto normalizado en muchas culturas, ya sea para sobrevivir, establecer jerarquías sociales, medir fuerza o simplemente relacionarse. En nuestros días, se han cambiado las armas rudimentarias por la toxicidad viral que ofrecen las plataformas tecnológicas, de las cuales soy tan amante como detractora.

René Girard basa la violencia en un acto constante de mímesis o imitación. Las cosas sólo adquieren valor si son objeto de deseo de muchos, en este sentido la mímesis de apropiación desencadena el acto de violencia. Esta rivalidad mimética es la principal fuente de agresividad humana. Cuanta más violencia existe más poder se genera, la violencia infligida a otros aumenta la superioridad y la capacidad de supervivencia, esto genera una economía arcaica basada en la muerte y en la destrucción del otro para sobrevivir.

¿Cuántas veces te han violentado esta semana?

Esta pregunta debiera ser simple de responder, pero lo más habitual es que la persona interpelada tienda a reaccionar en primer lugar negando, porque no es sexy contarle a tus amigos que perdiste un round y alguien te hizo daño. En nuestra sociedad el ganar permanentemente y estar en constante defensiva es la pose habitual para mostrarse exitoso, eficiente y productivo. El reconocerse víctima supone el doble de esfuerzo porque implica situarse en un espacio de vulnerabilidad “poco ganador”, es asumir que te pegaron. Pero aceptémoslo, no siempre estamos preparados para defendernos y salir airosos de la agresión de gente inescrupulosa, es así también como podemos ser víctimas de delitos o aprovechamiento de parte de otros.

La violencia es, para algunos autores, la primera experiencia religiosa. El miedo y la fascinación que debió apoderarse de los seres prehistóricos al ser testigos de masacres de depredadores y desastres naturales hizo que estos acontecimientos se personificaran en dioses que regían sus vidas terrenales. Así nace el daño accidental, aquella torpeza que todos hemos cometido más de alguna vez y nos ha valido hacer sentir mal a otros. Pero en este mundo la maldad pura existe y en cantidades considerables, llámese maldad a ese impulso que causa placer al dañar gratuitamente a otros, por gusto o bien para obtener algún beneficio material a cambio. De eso hay ejemplos para llenar varios libros.

Las redes sociales son un basurero

Depende de cómo las usemos, por supuesto. Hace unos días fui invitada por una fundación a participar en una charla sobre videojuegos, educación y el uso de pantallas en niños, pueden ver la actividad aquí https://www.youtube.com/watch?v=nuOGeUsrcho&feature=youtu.be

Yo acepté a ir como panelista,  como siempre en forma gratuita y voluntaria. Debo decir que me llamó la atención el tono alarmista del título de la actividad “Videojuegos y educación, peligro o beneficio”, lo cual manifesté en su momento a la organización, ya que me parecía excesivo el término “peligro”. Para mí la negatividad de tener niños pequeños colgados a las pantallas todo el día es tan obvia (tan simple como ejercer maternidad/paternidad responsable) que no resiste análisis ni es necesaria una discusión al respecto. De igual forma asistí para contribuir a la abolición de ciertos estigmas que existen en torno a los videojuegos, siempre he estado orgullosa y comprometida con la industria a la que represento y no tengo problema en hablar de lo que sea en cualquier sitio. Debo decir que la charla fue muy amena, la profesional que me acompañó en el diálogo tuvo un enfoque interesante respecto al tema y todo se dio en la más completa armonía. Lo importante aquí es que siempre hubo consenso en que el exceso de pantallas no es bueno a cualquier edad.

Lo curioso fue que una conocida educadora “influencer” de Santiago, quien poco antes de la actividad había publicado el afiche promocional con información errada para sensibilizar sobre el enfoque de la charla, utilizó un fragmento donde respondo a una pregunta del público, sacándome de contexto y la subió como post abriendo paso a insultos de sus seguidoras. Inmediatamente ella misma avaló los ataques respondiendo y aplaudiendo a quienes, sin haber visto la charla y habiendo únicamente leído el encabezado que ella manipuló acompañando el fragmento de video con un texto afiebradísimo, me atacaban en mi calidad de madre y profesional. La pregunta del público fue ¿Dónde hay publicaciones académicas que avalen el uso de pantallas en niños? Yo respondí que la universidad de Oxford es una fuente a consultar, si efectivamente buscan esa información.  Eso fue todo.

Hubo gente que sí vio la charla, comentó que era injusto sacarme de contexto con el único fin de darle movimiento a sus redes, pero la autora borró cada uno de los comentarios a mi favor, generando la falsa sensación de triunfo dentro de la farsa que ella misma creó. Fue tanto el acoso en esa publicación que tuve que bloquearla. Ya mencioné que durante la charla, que duró una hora, dije tajantemente que el uso de pantallas y el acceso a la tecnología debe ser restringido en edades tempranas y sobre todo, de estricta responsabilidad de los adultos a cargo de cuidar a esos niños y niñas. Pero la oportunidad de ganar unos pesos extra estaba a la vuelta de la esquina y eso fue más fuerte, ahora verán por qué.

El modelo a seguir de los niños son los adultos que los rodean

Resulta insólito pensar que una persona que tiene casi 50 mil seguidores en Instagram, estudió en Harvard, es dueña de tres jardines infantiles para gente de ingresos altos, vende libros publicada por editorial Zig-Zag y es invitada a canales de televisión abierta a hablar como referente en la defensa de la niñez, tenga la necesidad de hacer uso indebido de la imagen de otra persona para reforzar su postura, pero así fue. La respuesta es sencilla, inmediatamente después de subir el trozo de grabación sin mi autorización promocionó varias de sus charlas por zoom (18.000 por persona, 30 USD para la gente de otros países) en las cuales le dice a niños y adolescentes –a través de una pantalla- que las pantallas son malas.

Otra cosa que jamás pensé fue el nivel de liviandad para insultar de esas educadoras y profesionales que la siguen, dentro de ese grupo había psicólogas también, gente que no lee más que un titular y es capaz de atacar brutalmente por escrito con su nombre y apellido a otra persona, misma gente que está a cargo de tratar temas de infancia, formar menores, apoyarlos en procesos complejos de su desarrollo y peor aún, hay padres y madres que se fían del criterio de estas personas entregándole a sus hijos, total, tienen un montón de seguidores y salen en la tele. Hegel dice que la violencia no mantiene nada unido, de la violencia no brota ningún sostén estable y que una presencia masiva de violencia es signo de inestabilidad interior.

¿Y todo esto para qué? Si están tan convencidas de su trabajo y de su enfoque educativo deberían centrarse en la labor que desempeñan, pero las redes sociales abren la puerta al buen negocio de generar violencia que consumen espectadores invisibles y así se valida también el discurso que esta gente construye, aumentando las ganancias. Como verán a estas alturas la protección de la infancia se vuelve un espejismo lejano, cubierto de lucro y malas prácticas. Ya lo dijo Pierre Clastres “Si no hubiere un enemigo, habría que inventarlo”.

El filósofo coreano Byung Chul – Han ha desmenuzado estos fenómenos, llegando a conclusiones aterradoras. Han afirma que “el contagio es la nueva forma de comunicación, esta proviene no desde un sentido de apropiación del contenido -de pensarlo-  sino que surge desde intensidades afectivas e impulsos viscerales de una sociedad intoxicada y enferma”.

Otra cosa por la que las redes sociales no me gustan es porque por su mal uso muchos niños y jóvenes se han suicidado justamente por gente que los ha expuesto y acosado, mal utilizando su imagen. Viniendo de personas que están a cargo de educar, la violencia que les relato me parece espeluznante, por eso romperé el círculo de agresión al no exponer la identidad de la persona que hizo esto.

La pérdida de la libertad

Quise ejemplificar con un caso personal para que vean que el mal uso de las plataformas es algo serio que le puede afectar a cualquier persona. Esto mismo es lo que les ocurre a todos ustedes a diario, a veces sin darse cuenta, porque lamentablemente está muy normalizado. Cada vez que creemos a pie junto lo que alguien publica para infundir miedo o tratar de manipular nuestra conducta estamos siendo víctimas de violencia sistémica. Hemos accedido a un espacio virtual donde todo es posible, entregamos nuestros datos, dejamos que se utilice nuestra imagen y exponemos nuestra integridad creyendo que gozamos de libertad, que somos únicos y que en esta auto explotación se encuentra la felicidad.

Hoy hemos renunciado a la libertad colectiva para abocarnos a la “libertad” individual, aquella que nos dan los bienes, el poder adquisitivo y todo lo que significa la maquinaria del capital que hoy por hoy se sustenta prácticamente al 100% en las redes sociales. En esta cárcel psicológica proliferan enfermedades como la depresión y el burnout, ejemplos claros de la pérdida de libertad a causa de una modernidad que no hemos podido manejar.

¿Tenemos lo que merecemos?

Pero no solamente la violencia explícita y la cultura de la desinformación están minando nuestra sociedad. La política que hoy estamos observando y nos tiene a punto de decidir entre dos candidatos se rige por los mismos códigos de agresividad, esto surge producto de la violencia del capital y su exceso de dominio sobre los chilenos. Otra vez las redes sociales dan espacio a que las personas no sepan en qué terreno están paradas, manteniéndolas atontadas leyendo titulares, consumiendo montajes llenos de falsedades, discutiendo en portales de noticias, pendientes del autobombo y de cuántos likes le pusieron a su último comentario. El narcisismo es la nueva droga, divide y vencerás dice el antiguo refrán.

Analicemos brevemente el estallido social y las figuras que fueron erigidas como líderes en ese instante: el perrito Matapacos, la tía Pikachu, un tiranosaurio Rex. Luego el triunfo del Apruebo frente al Rechazo y posteriormente la cantidad de votos obtenidos por el candidato de ultraderecha en primera vuelta. Les parece una consecución lógica? En qué estaba pensando Chile cuando ocurrió todo eso? La mayor parte de ese tiempo vital que definió el resultado de tan importantes procesos lo pasamos encerrados, tratando de hacer frente a una pandemia, consumiendo lo que internet nos decía que estaba ocurriendo en nuestro país y el mundo, comprando también toda la entretención, la comida y las cosas innecesarias para suplir el no poder salir de nuestras casas. Y en ese “me lo merezco” consecuencia tan propia de la auto explotación, suceden los hechos que definen el futuro de las naciones sin que nos enteremos.

Claramente, en estos dos últimos años decisivos, los resultados entre un proceso y otro se vieron afectados por la manipulación de dos elementos fundamentales  en nuestra sociedad: internet y el dinero.  En un nivel psicológico profundo, el capitalismo tiene mucho que ver con el miedo a la muerte. El afán de acumulación sobreviene bajo el concepto de tiempo condensado, porque el dinero puede hacer que otros trabajen para uno y nos deja más tiempo para vivir. El capital infinito genera la ilusión de disponer de tiempo infinito, ahí radica la necesidad de poder. Entender esto es un proceso triste, pero es la realidad en la que hemos construido nuestro sistema de creencias. En este espacio hemos perdido también el verdadero sentido de comunidad, confundiéndolo con el de sociedad. Heidegger ya lo dijo, “solo la comunidad genera una energía política, la sociedad es simplemente una asociación”.

En su libro Psicopolítica, Byung Chul-Han explica cómo se cruzan los mundos de la política e internet y quise resumirles la idea central: Ya no trabajamos para nuestras necesidades, sino para las del capital. El capital genera sus propias necesidades que nosotros percibimos erróneamente como propias. El neoliberalismo ha convertido al ciudadano en consumidor, esto en cuanto a política nos sitúa en un espacio donde los votantes no están verdaderamente interesados en ser parte activa de la comunidad. El votante reacciona en forma pasiva a la política, alegando como un consumidor frente a un producto, mientras que los políticos y partidos siguen también esta lógica de consumo, de este modo se degradan para satisfacer a sus clientes, los votantes. En este escenario las redes sociales podrían ser útiles para conocer las propuestas de cada candidato y educar a la población pero no, son un medio para desnudarlos, tergiversarlos, desenmascararlos y ser objeto de escándalo, porque eso es lo que vende finalmente. Consumimos la mugre de destrozar a otros y perdemos tiempo en eso, en vez de preocuparnos de una toma de decisiones consciente. Finalmente la democracia que conocemos es una simulación donde todos somos espectadores de un show de mal gusto.

Leyendas antiguas nos muestran con sabiduría infinita que el poder es capaz de corromper a un ser humano hasta su más ínfima expresión. En la desembocadura del río Congo, se cuenta que el rey está atado en una silla, donde también duerme por las noches. Este rey gobierna, pero está siempre maniatado y muere por las leyes de la omnipotencia, que se rigen por su propio tiempo. Existe un comportamiento inmunológico que se replica día a día en todas las capas de la estructura social. Así como hemos sido constantemente inoculados para volver a insertarnos en esta sociedad post pandémica, los mecanismos de control inyectan permanentemente pequeñas dosis de miedo y agresividad en las personas para insensibilizarnos, normalizar así la violencia y controlarnos en esa desunión inhumana. Con ese gesto el tejido social deja de irrigar, se vuelve isquémico y perece. Del exudado que aflora a través de una piel muerta, el individuo emerge solitario e ilusoriamente fortalecido, como una mutación que sobrevivió a la época en que la colectividad mantenía los sistemas con vida.

Aristóteles eleva la amistad al “más grande de los bienes”, afirmando “cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad hay de justicia, pero aún siendo justos, siempre necesitarán de la amistad”.  El desafío entonces será no arreglar el mundo ni cambiar la forma de ser de los otros, sino ser conscientes de que nada de lo que vemos y leemos en redes sociales es casual, todo tiene una intención. Trabajar el pensamiento crítico, perder el miedo que generan los modelos económicos, huir de los adoctrinamientos, emancipar el pensamiento y cuestionar todo, absolutamente todo lo que se nos presenta como única verdad o solución. Para finalizar, lo que considero más importante: tratar a otros con respeto como nos gustaría que nos tratasen. No aceptar la violencia y vivir en forma sana el tiempo que nos queda es nuestra decisión.

Por Romy Valenta Ribera
Jefa de carrera Diseño de Videojuegos UST Valdivia
Fundadora Urban Lab Games SpA
Guionista y escritora