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La crisis del tiempo que nos queda

Phillip K. Dick en su novela “Tiempo desarticulado” plantea un interesante concepto del tiempo y la percepción que tenemos de él. Un día, el personaje principal se encuentra en el baño de su casa dispuesto a orinar y ve colgando del techo una cuerda que sirve para vaciar el estanque y eliminar los desechos. El hombre se detiene frente a este objeto suspendido en el aire y de pronto se pregunta “¿cuánto tiempo lleva esto aquí?”. De esta simple interrogante se desentraña una historia alucinante, que nos sumerge en un dilema sobre dónde estamos, quién nos controla y cuál es nuestro verdadero propósito.

Hemos perdido la narrativa para reemplazarla por datos

Las personas usamos mucho la palabra “aprovechar” como algo bueno, pero la verdad es que tiene una raíz bastante siniestra y acaparadora. La primera vez que caí en cuenta de esto era ya bastante grandecita, fue oyéndola de alguien más, una persona de posición acomodada que –como gran gracia- afirmaba que debíamos llegar temprano a un mesón de buffet para alcanzar a comer más que el resto. Fue así que puse atención en algo que se repetía mucho en mi entorno y todo este conjunto de sinónimos relacionados con acaparar. ¿Se acuerdan que para el estallido social la gente se llevó todo el papel higiénico de los supermercados? y para los inicios de la pandemia también desaparecieron los insumos básicos de cuidado como guantes, desinfectantes y alcohol gel. Hay que aprovechar esto, hay que aprovechar aquello. A nadie le importaban los demás, por eso de pronto me volví a preguntar por qué debíamos tomar todo como una oportunidad, como un objeto en oferta que estuviera disponible ahí por un tiempo reducido y luego, si dejábamos pasar la ocasión de tomarlo éramos tontos, lentos, quedados.

Con ese descubrimiento se agudizó en mí un fuerte sentimiento de resistencia presente desde que tengo uso de razón, un afán de no querer levantarme más temprano para hacer la fila y ganarle a otros, sino buscar nuevas oportunidades donde ni siquiera estaba el foco de interés del resto. Tenía que buscar mi propio interés, mis propias oportunidades y luego de pensar bien –un buen rato- ver si tomarlas o no. Eso es finalmente lo que te da experiencia en la vida, realizar el viaje y CREAR UNA NARRATIVA, intercambiar con el entorno y tus compañeros de ruta y no necesariamente conseguir o lograr cosas. Todo lo que hacemos en forma automatizada carece de historia, son simples datos que van y vienen y es tiempo muerto aunque muchos crean que están aprovechando la vida.

Más comunicación significa más capital

Pero para atreverse a lo que acabo de contarles se necesita tiempo para internalizar estas cosas y actualmente nos quejamos de que eso nos falta. Yo les diré por qué. La gente hoy en día no es capaz de demorarse porque le da miedo perderse “la diversión”. El miedo a perderse cosas hace que las personas aumenten su ritmo vital, sobre explotándose para disfrutar todas las maravillas que nos ofrece el mundo, aquí me permito incluir el trabajo remoto mal enfocado. Así se cae en la ilusión de que para disfrutar una “buena vida” hay que vivir muchas situaciones y por supuesto “hay que aprovechar” todo, sin importar cómo. Esto por supuesto no es un fenómeno natural, sino que proviene desde las entrañas del modelo capitalista y sumerge a los individuos en la creencia que existen edades para cada cosa y se vive en base a una panificación absurda para “alcanzar” a hacer todo antes de cierta edad. Peor aún, la mayoría hace cosas por mera comparación con el resto, olvidando que cada vida es una historia única y lo que me pasa a mí es incomparable con lo que ha tocado al de al lado.  Y en ese hacer apurado no hay tiempo para sentir la brisa, oler las flores o darse el lujo de no pensar en absolutamente nada.

Uno de los principales motivos porque la gente hace cosas hoy en día es para gritárselas a otros en forma de imágenes, subiéndola a redes sociales. Muchas personas hoy no conciben la vida sin publicarlo todo esperando la absurda aprobación de los demás y que les comenten cualquier cosa, lo que sea. Otra práctica que me parece literalmente asquerosa es la de compararse constantemente en términos materiales e incluso, el hecho de tener hijos se ha vuelto una competencia y una carrera por completar configuraciones familiares de catálogo y llenar espacios vacíos, luego de comprar la casa, el auto y la parcelita (probablemente para sacarse una foto después y subirla).

La crisis del tiempo también afecta a la fugacidad de las relaciones, no sólo de pareja sino que lo laboral y social también. En el tiempo sin calidad que hoy tenemos el compromiso se diluye, porque la lealtad genera un vínculo sólido con el futuro, en un estado de armonía y permanencia, pero hoy huimos de eso, porque nos quita tiempo. Cuando rompemos la continuidad y el tiempo se atomiza, se genera inseguridad y ansiedad. Es así como constantemente repetimos que “no tenemos tiempo” y pareciera también que no tenemos nada todavía, por eso el vacío nunca se llena.

Yo sólo espero que esto les resuene un poco y entiendan que no es necesario exponer nuestra vida y sobre todo que esta compulsividad de mostrar sólo nos quita el poco tiempo real que tenemos para observar la vida y tratar de entenderla. Quien intenta vivir con rapidez, acaba también muriendo más rápido.

La auto explotación y la falsa sensación de libertad

Pienso que hemos estado desaprovechando la lectura que el mundo nos ofrece en el lenguaje de la naturaleza y que no hemos entendido que el exceso de comunicación no nos mantiene más conectados, sino que es una coacción que nos violenta y vulnera nuestra privacidad y nuestros tiempos vitales.

Antes los puestos de trabajo eran fijos, estaban sujetos a lo estacionario de las máquinas de la época y el aparato digital hace móvil el trabajo mismo.

Hoy estamos libres de las máquinas de la era industrial, pero los aparatos digitales traen una nueva coacción, una nueva esclavitud. Nos explotan de manera más eficiente porque en virtud de su movilidad y flexibilidad, transforman todo espacio en un espacio de trabajo y servicio y todo tiempo es también tiempo de trabajo.

Llevamos el trabajo con nosotros a todos lados porque está con nosotros en nuestros teléfonos. Ya no podemos “escapar del trabajo”. Cierra todas las aplicaciones e incluso tu correo, aún así tu jefe podrá llamarte. Toda esta libertad aparente es pura esclavitud.

Pensadores modernos han llegado a la conclusión que el proceso de aceleración del tiempo se debe a dos cosas: la gran gama de opciones de disfrute que nos ofrece el mundo y el miedo a la muerte. Si ponemos el pie en el acelerador y nos auto explotamos podemos alcanzar a hacerlo todo, a vivir dos vidas.

En “La expulsión de lo distinto”, Byung Chul-Han hace una sentencia que debería resonar en nuestra consciencia. “Hoy muchos se ven aquejados de miedos difusos: miedo a quedarse al margen, miedo a equivocarse, miedo a fallar, miedo a fracasar, miedo a no responder a las exigencias propias. Este miedo se intensifica debido a una constante comparación con los demás”.

Así, el sistema neoliberal fragmenta el tiempo para aumentar la productividad y hace que lo vinculante y humano se vuelva obsoleto. El neoliberalismo provoca miedo e inseguridad, individualizando el hombre, haciendo que este se autoexplote. Estamos tan cansados haciendo empresas de nosotros mismos que eliminamos la solidaridad y la empatía transformándola en “colaboración”, pero a lo único que contribuimos es a alimentar la maquinaria del capital. Esta disociación de los otros y el estado permanente de competencia es lo que nos provoca miedo al futuro y el miedo incrementa el capital.

El hombre del futuro no necesitará manos

Zygmunt Bauman dice que el hombre moderno es un peregrino que recorre el mundo como si se te tratara de un desierto, dando forma a lo informe, prestando continuidad a lo episódico y haciendo un todo de lo fragmentario. Esta cita describe muy bien nuestra relación con el tiempo. Hoy todo, absolutamente todo tiene una vida breve y se lo debemos a la tecnología, a la obsolescencia programada. Antes, el hecho de que un refrigerador durase 30 años sin una falla daba prestigio a una marca, hoy eso ya no importa, mientras la cosa sea capaz de conectarse a internet y envíe datos.

Teclear para no pensar, los oficios desaparecen, la destreza y la independencia también. Heidegger decía que la decadencia de la mano es la antesala al olvido del ser. Toda obra de la mano descansa en el pensar y eso es lo que menos hacemos hoy.

Ante la veloz sucesión de lo nuevo se evoca lo antiguo, hoy en día las cosas envejecen mucho más rápido que antes, se convierten en historia y dejan de captar atención debido al delirante concepto de “tendencia”. Así el presente se reduce a pequeños e intensos peaks de actualidad, con toneladas de información que no necesitamos. Los recuerdos se transforman en informaciones y mercancías, borramos la memoria para grabar información.

Hoy en día el tiempo no tiene sostén y se dispara sin sentido, porque carece de una sujeción interior, una esencia que lo justifique. En estos espacios la experiencia no logra ver la luz, porque no existe un proceso reflexivo en la ecuación vivencia-temporalidad.  La fuerza de la experiencia radica en comprender que habitamos entre el pasado y el futuro y en el entendimiento de estos dos estados es que obtenemos la sabiduría.  Para lograr experiencia se debe habitar entre el pasado y el futuro, pero sobre todo, saber dónde estamos parados.

Ya no se nos permite cerrar los ojos, ni siquiera para dormir

 Desde que comenzó la pandemia y me atrevería a decir que un poco antes, colegas y amigos me han relatado que están durmiendo mal, que no descansan y esto es muy preocupante. En relación a la ansiedad y los trastornos del sueño, Adorno se refiere a estos estados de manera muy acertiva en este texto que cito a continuación:

“Noche de insomnio: para esto puede haber alguna fórmula capaz de hacer olvidar la vacía duración, las horas penosas que se prolongan  en inútiles esfuerzos pareciendo que nunca llegará al fin con el alba. Pero lo que causa esas noches de insomnio en las que el tiempo se contrae y se escapa, inútil, de las manos, son los terrores. Pero en lo que en esta contracción de las horas se manifiesta es la contrafigura del tiempo consumado. Si en este el poder de la experiencia rompe el poder de la duración y reúne lo pasado y lo futuro en lo presente, en las impacientes noches de insomnio, la duración origina un horror insoportable”.

La carencia de narrativa y la carencia de propósito nos arrastra a vivir el tiempo de manera dispersa, por eso creemos que todo pasa más rápido, ya que no existe un fin ni un destino al cual dirigirnos. De pronto todo se agolpa en el presente y este sucede rápido y sin espacios para la reflexión. La pregunta que surge entonces es cómo nos detenemos y qué hacemos con el tiempo que nos queda, pero lamentablemente no tengo una respuesta que le sirva a todos en este punto. En lo que a mí respecta, estoy defendiendo cada vez más mis espacios de calma y pido permiso al tiempo para detenerme a descansar en su regazo, buscando ese silencio que  nos grita las verdades cuando menos lo esperamos y me quedo quieta, disfrutando de las imágenes que el mundo me ofrece en el presente y aquellas que guardo en memoria, tratando de ejercer una comunión con aquello que Nieztsche llamó el elemento contemplativo.

Pienso que la clave es la contemplación y para cerrar, intentaré dejar un mensaje encriptado, a ver si podemos desbloquear esos espacios en nuestro interior que aún no han sido conquistados y guardan las nuevas formas de ver el mundo, territorios donde aún podemos manejar el tiempo: Rilke describe el hecho de ver como una herida que expone por completo la zona desconocida de nuestro ser, donde dejamos que algo suceda y nos exponemos a ello sin miedo. “Estoy aprendiendo a ver. No sé a qué se debe, pero todo penetra en mí más hondamente y no se queda en el lugar en el que siempre solía terminar. Tengo un interior del que no sabía. Ahora todo va hacía ahí. No sé lo que ahí sucede”.

Y como dijo Deleuze, puede que esté haciendo el idiota, porque “hacer el idiota” es romper con lo predominante y con eso se establece una nueva relación con la realidad. Hacer el idiota ha sido siempre la función de la filosofía.

Por Romy Valenta Ribera
Jefa de carrera Diseño de Videojuegos UST Valdivia
Fundadora Urban Lab Games SpA
Guionista y escritora