Página 14

OPINIÓN | Vida digital: Tecnología y la ley del eterno retorno

Hace unos días fui al banco y me tocó retirar un monto por caja. Luego de media hora de pie y pasar bastante rato tratando de refregarme en el jeans la baba pegajosa que te dan en la entrada a modo de “alcohol gel”, en la pantalla llamaban al número veintiséis para acercarse a la ventanilla dos. Me dirigí rápidamente, pero en la caja había todavía un señor llevándose muchos billetes de mil pesos. Como me miraba desconfiado retrocedí y esperé que terminara. Me imagino que lo intimidó la chaqueta de cuero y los calcetines de piñas que se asomaban entre mis zapatillas y mis pantalones.

Cuando el señor se fue, saludé a la cajera y le mostré mi número pero me dijo que no me tocaba. Al parecer había una incongruencia entre su información y la pantalla que avisa al público; para ese rato ya iban en el veintiocho y nadie se quería hacer cargo de mí. Al final, la misma cajera del dos me dijo que pase nomás. Mi trámite era breve, debían entregarme diez billetes los cuales primero contó a mano en mi presencia y efectivamente eran diez. Lo gracioso fue cuando –por protocolo- lo pasó por la maquinita que los cuenta automáticamente: primero arrojó la cifra de siete, luego tres y finalmente nueve, pero jamás diez. La cajera un poco confundida atinó a contar nuevamente los billetes a mano delante de mío y le dije que no se preocupe, yo confiaba más en ella que en la máquina.

Me gusta empezar estos espacios con alguna anécdota personal porque a todos les ha pasado situaciones similares. El principio de economía de Ockham establece que en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta.

¿Es la primera vez que pasamos por esto?

La fantasía de poseer una máquina del tiempo me habita desde que vi la película “Time Machine” a los ocho años. Este filme basado en el libro del mismo nombre de H.G Wells, muestra el futuro de la humanidad esclavizada por los Morlocks, una especie de monstruos come personas, acostumbrados a vivir en el subsuelo. Por la falta de luz solar, su piel es grisácea y sus caritas no son tan agradables. Me pregunto
si pudiera visitar la época cuando la revolución industrial empezó a ceder terreno rápidamente a las máquinas y conversar con la gente para saber qué me dirían en relación a la deslumbrante modernidad. Seguro muchos estarían fascinados y otros la odiarían, ¿les parece familiar?

Una de las tantas ideas de Nietzsche, quien como filósofo aportó mucho a la física, fue el concepto del “eterno retorno”, según la cual el universo vuelve a pasar por el mismo estado una y otra vez, de manera que toda la historia de la existencia se vuelve a repetir exactamente un número infinito de veces.

Incluso yendo más atrás, debieron existir detractores de la escritura, de la rueda o del uso del fuego para facilitar las condiciones de vida de las tribus, pero hay un punto importante en esta progresión de sucesos: cada vez que irrumpía un avance, la vida de las personas que lo adoptaban mejoraba evidentemente, siendo el miedo a lo nuevo o la ignorancia los principales motivos de reticencia a utilizarlo. Hoy en cambio, podemos ver claramente cómo la tecnología facilita la vida, a la vez que genera quiebres importantes en los sistemas sociales de todo el mundo. Mi parecer en este punto, en donde ya hemos metido más de la mitad del cuerpo dentro del agua, es que no podemos seguir hundiéndonos sin usar la cabeza y pensar cómo avanzamos y nos modernizamos sin parecer un cumpleaños de monos con navaja.

¿Tenemos idea dónde estamos parados?

Tampoco es que me las sepa todas, pero algo me dice que no. Podemos tener una vaga idea o concepto de optimización, eficiencia y progreso entre pantallas táctiles, Alexa y Siri hablándonos al oído, pero si observamos cómo nos comportamos las personas generando dependencia casi en forma automática a cualquier dispositivo, nos damos cuenta que estamos en serios aprietos. La situación no varía mucho cuando analizamos la sociedad como conjunto, las empresas grandes y pequeñas y por supuesto, nuestros nunca bien ponderados gobiernos. En el último tiempo he visto un pataleo interesante de organizaciones públicas por promover los conceptos de innovación, tecnología y como en un delirio malárico, empezamos a ver personas que hace poco ingresaban oficios en hojas de roneo, diseñando e implementando iniciativas, marcos regulatorios, políticas públicas para uso y aplicación de tecnologías, sin detenerse a pensar que nuestro ADN organizacional es lo que debe ser reprogramado. Yo sé que algunos se enojan conmigo por las analogías que aplico y en este punto quiero aclarar que yo también utilicé hojas de roneo en el colegio.

¿Acaso quiero volver a la Edad Media?

En gran parte, pienso que somos como las turbas que quemaban gente acusada de herejía, sobre todo por la facilidad de condena o adhesión vacía y sin fundamento a la cual nos arrastran las redes sociales y los medios digitales poco serios, pero eso es sólo un síntoma del mal uso de la tecnología. Creo que para avanzar y tener en nuestras manos la ansiada modernidad sin que nos reviente en la cara, debemos saber
detectar los catalizadores y los inhibidores en nuestro medio. Estaría loca si dijera que la tecnología es mala, lo que sí me parece nefasto son las personas, organizaciones e instituciones hablando de ella y utilizándola como slogan en vez de sentarnos a pensar qué hacemos con ella y si somos dignos de tanta maravilla, cuando todavía tenemos gente sin acceso a agua, luz eléctrica, educación, salud, seguridad, justicia, entre tantos insumos básicos. Ya me dirán que la tecnología sirve para resolver todo eso y yo les digo que sí, pero no en un país donde la gente lee poco, se quiere poco, no confía en el de al lado, no sabe elegir gobernantes y se muere de susto de perder su pega cada vez que hay un cambio de gobierno. Modernicemos nuestros códigos y sistema de prácticas análogas y les garantizo que podremos gozar de nuestro paraíso tecnológico sin parecer rinocerontes arriba de un árbol.

Las personas todavía somos necesarias y los oficios deben prevalecer

Este subtítulo lo hice porque debido a la pandemia existe mucho temor en el mundo en relación al inminente reemplazo de la fuerza de trabajo humana por máquinas e IA. Yo creo que eso va a suceder, pero no todavía, entonces estamos a tiempo de hacer algo. Además, existen incipientes ámbitos de trabajo vinculados precisamente al uso de nuevas tecnologías y las personas debemos tender a la actualización en pos del crecimiento personal, por eso si un puesto humano de una fábrica X es de pronto automatizado, el correcto actuar de esa empresa debería ser capacitar a su trabajador para insertarlo en otro eslabón de la cadena productiva y no despedir a esa persona que ya no es necesaria. A eso me refiero con mejorar las condiciones para que la tecnología sea parte de nuestras vidas y no destroce nuestros sistemas. Me da risa porque hay inteligencias artificiales que escriben mucho mejor que yo, tal vez la próxima columna se la pidan a una de esas.

Carnot, la segunda ley y la irreversibilidad

A quienes les guste abrirse a reconocer el equívoco propio, les recomiendo que busquen la vida y obra de Ludwig Boltzmann, físico teórico que como buen genio, estaba bastantes años adelantado a su época. En las ideas de este científico austríaco es posible encontrar respuestas a preguntas de la vida moderna, casi de manera más esclarecedora que leyendo al mejor filósofo.

Su gran obra fue la segunda ley de la termodinámica, la cual sufrió numerosas transformaciones entre la formulación primigenia de Carnot y la propuesta por Boltzmann (mucho más aguda). La ley indicaba que todo motor tiene pérdidas y que hay un límite teórico a la eficiencia, el cual jamás puede alcanzarse. Esta idea me gusta mucho porque dio pie al concepto de “irreversibilidad”. O sea que al quemar carbón para accionar un motor, se pierde algo que no podrá ser recuperado jamás y esto está estrechamente ligado a la dirección en que avanza el tiempo, porque la diferencia entre pasado y futuro está dada por los procesos que no se pueden deshacer. Un vaso que se rompe no se puede volver a recomponer. Poesía pura.

Pero Boltzmann fue más optimista, sumándole a la irreversibilidad la condición de probabilística, o sea, no hay nada en las leyes del universo que impida que el vaso vuelva a recomponerse a partir de sus fragmentos, sin embargo la probabilidad de que eso ocurra es tan pequeña que nunca llega a ser observado. Y así nacen nuevas hipótesis y sobre ellas se construye la ciencia, también el folklor. Yo creo que en la era moderna nos encontramos justo en el grado de desorden molecular e incertidumbre preciso para apropiarnos del caos y tomarlo por los cuernos.

Por Romy Valenta Ribera
Jefa de carrera Diseño de Videojuegos UST Valdivia
Fundadora Urban Lab Games SpA
Guionista y escritora